Para verlos pisar la arena de la Brava sólo hubo que esperar a que los primeros rayos de sol asomaran por entre las nubes de José Ignacio y se convirtiera en uno de esos días que en Londres no abundan. Maia, de sólo un año y medio, sonriente sobre los hombros de David, su padre; Gabriela, su madre, atenta a cualquier gesto inesperado de la pequeña. Una caminata matutina que cualquier otro enero hubieran disfrutado por alguna playa del sudeste asiático.

¿Por qué alquilar unos días en Punta del Este ? Un casamiento en Buenos Aires, amigos también ingleses con casa en José Ignacio y la curiosidad de conocer un nuevo destino. Agente financiero él, nutricionista ella, aseguran haber descubierto aquí la combinación perfecta entre belleza natural, buena gastronomía y gente agradable. “Vivimos en la playa y esta es apenas una caminata para comenzar el día”, bromea ella cuando se le pregunta si cumplen la costumbre de los europeos de ser los primeros en poblar la playa durante la mañana.

Con el correr de las horas no sólo se escuchará hablar en inglés con acento británico alrededor de las reposeras y las sombrillas: también el inglés típico de Estados Unidos, italiano, francés, alemán, incluso holandés. Y al mediodía en el supermercado, y cuando cae el sol en los restaurantes y durante la noche, en cualquier bar o fiesta. De Manantiales a José Ignacio, los europeos y estadounidenses predominan.

“Los europeos y los norteamericanos, esencialmente de Nueva York y en segundo lugar de Los Ángeles y San Francisco, van llegando cada día más a Punta del Este. Hoy es un boca a boca muy grande y un impulso de muchísimas revistas de turismo europeas que apuntan a un público ABC 1, o el mismo New York Times, que ha hecho artículos sobre Punta del Este como el lugar más cool entre los destinos VIP”, explica la consultora en relaciones públicas Astrid Perkins.

El primer desembarco europeo lo sitúa hace unos veinte años de la mano de familias emblemáticas como los Cipriani o los Marzotto, que fueron invitando a amigos, y esos amigos a otros amigos, siempre manteniendo un estilo “dentro de casa” en residencias espectaculares.

“Y el gran empujón se dio gracias a Buenos Aires -comenta Perkins-. Con la crisis del 2001 en la Argentina, Buenos Aires se volvió un lugar barato y muy atractivo para llegar. Y para esos europeos se les volvió una opción pasar por Punta del Este, sobre todo en verano. Así también empezaron a comprar más departamentos y terrenos.”

Alain Celhay acaba de convertirse en uno de ellos. Francés, residente en Mónaco y con una cadena de tiendas donde se venden marcas de lujo como Prada o Dolce & Gabbana, a los pocos días de conocer Punta del Este decidió construir una casa dentro del predio del hotel Fasano Las Piedras para pasar las últimas dos semanas del año y algún par más en otoño. Para eso trajo a su arquitecto personal, con el fin de darle unos últimos toques. “No fue algo planeado. Vine un día, me encantó y lo decidí. Uruguay es un lugar muy particular, amable, con muy bella vegetación y donde uno se siente en un ambiente de libertad”, dice Celhay, sentado en uno de los sillones de la casa de huéspedes con vista a la pileta y más allá, al campo de golf del hotel.

Un poco más lejos, sentado sobre el apoyabrazos del sillón, su hijo Anthony, de 35 años, compara Punta del Este con Ibiza. Es más: se sintió en casa cuando en el avión se cruzó con el chileno Luciano, DJ residente en la isla ibérica. “La diferencia es que este lugar es más lindo que Ibiza”, dice.

Diez de la mañana en José Ignacio. Un muchacho francés de unos 40 años pide una reserva para comer a la noche en el parador La Huella. Mientras espera, se acerca a un pilón de mantas que están acomodadas en un estante, esas con las que se suelen arropar los comensales que se sientan en las mesas de afuera cuando llega el frío. Prueba su textura y parece disfrutar de la calidad del tejido. Son esos detalles y los productos típicos de la zona -como los tejidos de Don Báez o de Manos del Uruguay, o restaurantes como Marismo o el parador La Caracola- los que también seducen a los extranjeros, así como el imán de muchos estadounidenses son los caballos y, especialmente, el polo. En muchos restaurantes que ellos frecuentan, incluso, coinciden en que, especialmente los europeos, no pretenden imponer sus hábitos y costumbres sino que se dejan llevar por las propuestas del lugar.

“Los europeos se adaptan: si hay que comer más tarde, lo harán apenas abra el restaurante. Y si hay que comer asado, se come asado -dice Patricia Della Giovampaola, italiana y una de esas primeras residentes europeas que eligió Punta del Este-. Y su lugar es José Ignacio. Incluso su desarrollo responde más a las solicitudes de ellos que a otra cosa. Que se mantenga como un lugar muy natural, un pueblo, pero con un servicio de calidad a la altura de la demanda.”

La respuesta a esa demanda se ha visto reflejada también en la explosión de un circuito artístico más sofisticado. No por casualidad se dio el desembarco de marchandgriego Renos Xippas, o la renovación de la calle 20 en la Punta, ahora bautizada Fashion Road, con tiendas como la recientemente abierta de Louis Vuitton. Todo sea cosa que, aunque vengan de lejos, se sientan como en casa.

Fuente: La Nación